En esos momentos cuando sucedieron los hechos el cielo estaba azul, el aire siempre tenía un suave aroma a mar y detrás de los gallineros brotaban las cebollas con sus colas verdes al viento. Terminar de jugar con mis perros y el caballo pascual era solo producto del hambre que ladraba en mi estómago. Corría a mi casa creyendo que mi velocidad era insuperable.
A veces ellos no nos veían, escucharlos pelear era interminable. Varias veces cuando mi papá comenzaba a golpearla yo corría y me interponía entre ambos, llorando pedía por favor y por diosito que pararán. Ahora me pregunto dónde estaba mi hermano y pienso que en algún lugar escondido pensando que él era el culpable de todo.
A los recuerdos los vestí con las mejores ropas para soportar los cientos de inviernos. Lentamente construí la creencia de que el mundo era hostil, que el miedo era la herramienta más útil para que no me dañaran. Si había una victima ese era yo.
Hoy veo los recuerdos como si estuvieran desnudos, la luna camina conmigo por las noches, ya no hay preguntas, solo sentir y habitar la vida como en un templo o como esos besos que terminan lentamente. Hoy en mis recuerdos están tus ojos, están los sonidos que palpitan, los ladridos de los perros, el mar abrazando la playa rocosa y el sonido nocturno de una fruta cuando cae al suelo. Libremente me voy convirtiendo en tierra.