Caminar por la Habana es curioso porque no solo debes mirar como vive la ciudad, debes además mirar bien donde pisas, hay hoyos como en todas las calles de Latinoamérica, pero me llamó la atención lo angosta que son muchas veredas y por donde sólo camina una persona, la otra va por la calle, no con mucho cuidado. Al poco andar un joven nos pide algo para la leche de su hija, hablaba tranquilo y nos cayó muy bien, pero sabíamos y Carlitos nos había advertido que muchos de estas personas ganan bastante pidiendo limosna a los turistas y que eran mal mirados por la gente, solo lo escuchamos y no recuerdo que explicación le dimos, nos alejamos.
Seguimos caminando de la mano entusiasmados y cautos. Una de nuestras primeras parada fue ir al museo de la revolución para empaparse con un poco de pasión y despertar ese pequeño espíritu rebelde que llevamos y que en mí, por lo menos, pasa durmiendo. El palacio creo que fue la sede del gobierno de Batista, me da lata averiguar el detalle por Internet, pero lo cierto es que muy bonito y bien cuidado, afuera en vez de una estatua de Fidel al estilo Sadam Hussein, solo estaba el tanque con que resistió la invasión en playa Girón. Dan ganas de subirse para sacarse una foto, más vale que no pensamos. El valor de la entrada es muy barato creo que con un dólar uno entra. Recorrimos cada piso que cuenta la aventura de la revolución en forma cronológica. Lo que más nos llamó la atención fueron la ropa de Camilo Cienfuegos y las pipas del Ché y justamente a este par de barbones de cera en tamaño original saliendo de entre unas ramas de plástico que simulaban la Sierra Maestra. Por la parte de atrás del museo se accede a una plaza que en su centro tiene una gran cabina de vidrio que guarda intacto al barco El Gramma. Por fuera y bajo techo, el jeep con el que Fidel entra victorioso a la Habana y supuestos restos de aviones norteamericanos derribados. Fueron días maravillosos en la Habana, caminamos por muchos barrios y recorrimos el romántico Malecón de noche, aunque fuera un poco oscuro y despertara nuestra santiaguina inseguridad, en realidad la Habana en general tiene poco alumbrado y pronto te acostumbras. Caminar y caminar, la buena música y un bar aparecen siempre. AL otro día un panorama diferente, ir a las playas de la Habana en transporte público donde tuvimos que esperar mas de una hora para que pasara el bus y nos dijeran que no podíamos subir porque no habíamos hecho la fila ¿Qué fila? Hay dos compañero una para sentados y otra para los quieran ir de pie ¿pero, que fila? Solo veíamos gente reunida en torno a un viejo paradero. Yo soy el último de la fila. Escuchamos la voz de un cubano, giramos nuestras cabezas, bueno ahora nosotros somos los últimos. ¿Resignación o no quiero jugar más? Después de otra hora y ya embarcados rumbo a la playa con toallas y bronceador nos reímos. No era muy bello el lugar había un poco de basura y algunas palmeras agonizaban, nuestras expectativas eran muy altas. Ahora lo pienso mejor, es un buen paseo por el día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario