jueves, 24 de febrero de 2011

Poemas viejos para desratizar la memoria

LA VOZ DEL GUERRERO
                                                           Santiago 1996



Aquí estoy, las luces parpadean los techos
Todo termina cuando riegan las calles.
Al frente hay una secretaria que escribe relatos eternos,
El cenicero está repleto de colillas.

Hace frió en esta ciudad gótica
Los árboles tienen luces y espinas,
el viento azota mis alas
y estoy cansado de mitificar a estúpidos canallas.

Recojo la más absurda de todas las basuras,
Este es un triste trabajo para tristes hombres,
¿A quien puedo dar esta energía vengadora?
Solo descubro los restos de túneles que conducen a mi memoria,
La infancia son lamentos y mis ojos son inútiles.











LA VOZ DEL GUERRERO II


Sálvame inútil lejanía
Mis pies  se están secando en las riberas de la justicia
Olvidé todas mis armas
Solo quedan los hambrientos de fuego y balas
Cabalgo,
Cabalgo,
Cabalgo.

Los inventores cesantes salen a despedirme
Todo parece un repetido carnaval
Las ciudades, los pueblos, los villorrios,
Por todos lados cuelgan carnes
Como un antiguo mercado

No puedo liberar a los presos
Porque yo soy la cárcel
Cabalgo,
Cabalgo
Cabalgo.

martes, 22 de febrero de 2011

OVAHE

Rapanui  explica lo inexplicable, lo complejo y lo simple. Lo playero de la vida. Recorro caminos polvorientos que ocultan piedras milenarias que saltaron desde el ojo del Poike. El sol quema mi cuello, poco nos importa. Estamos rodeados de ruinas y piedras sagradas, todas para recordar a los ancianos y al fuego de sus corazones. Llegamos a la playa de Ovahe, parece que el  mar  excavó en el acantilado y nos dejó un lugar natural. Un makohe deja caer su vuelo por la playa, es un vuelo prehistórico de libertad y ausencia en sus movimientos. Al rato nos escondemos en una pequeña caverna esperando que el sol se vaporice y escuchar el silencio del atardecer. Los tambores y las antorchas despiertan con el baile de las estrellas. Es hora de volver a la cabaña del amigo Pau. En la calle oscura se escuchan distante los gallos y las casas solo se protegen con flores.
                                                                                                              (rapanui )

lunes, 21 de febrero de 2011

Antepasados

No hay sombras eternas
Un nudo no fue siempre así,
detrás de la oscuridad están los grillos.

No es fácil dejarse caer en el abismo,
Me entrego al silencio
y a los gritos de los muertos.

Entre los árboles y las estrellas
están las caricias suaves del viento.
Vi pasar por mi rostro de niño
los dulces amaneceres de historias lejanas.

Soy las lágrimas de mis antepasados
y la fragancia de mis pequeños ritos.
En mi bolsillo cabalgan aun unos pocos fantasmas
Que aliñan el humo de mi cigarro.

¿sabes por qué canto?
canto porque detrás de la oscuridad
Siempre están los grillos.
                                                                          (rapanui febrero)

la ruta de mi memoria

I
Sentí el aliento de los cerros,
cuando cambiaban la piel y las espinas.
Sentí voces guardadas bajos las piedras
Algunos no escucharon mi vieja presencia


Hundo la barreta bajo las cañas,
todo para que el silencio hable por la noche

¿Te acuerdas abuela de las gotas vivas
del dulce de membrillo?
la pala como un remo
navegaba por la miel de las parras

Las escrituras viejas de las murallas
fueron cayendo lentamente con cada lágrima.


II
Estábamos solos si , pero nos miraban las estrellas
En el mueble quedaron los naipes desteñidos
y los dados gastados.
¿Cuando dejamos de jugar?

Lejos de las miradas diaguitas
nuestros rostros de barro se fueron perdiendo,
-dime abuela:

¿Qué tiene el terral escondido en su abrigo?


Paisajes

Como el primer paisaje de mi pena
lleno de piedras y golondrinas.

De cada paso brotaron los almendros y los ríos,
dejé escapar las semillas y los vientos,
sólo logre rescatar unas mariposas
 que sirvieron de abono para mis oídos


IV o nuestro trato

Anda comprar pan donde los Vial me decías,
yo caminaba lento solo escuchando como sopla la pena,
cuando abrí la marraqueta dibuje sonrisas como la mantequilla

todo pasa en el segundo más lento de la historia.

Noches

Ya no me queda memoria para los sueños,
solo el olfato de los amaneceres
y el sol que abriga mi cara.

Entre los árboles que dibujaron el valle,
busco el refugio de mi ausencia
como una hoja,
como un pequeño  brillo del agua.

 Y antes que germine la luna detrás de los cerros,
estaré abrazando las delicadezas


Destierro

Mi equipaje y mis manos viajaron con el calipso
en un profundo mar de recuerdos,
nada detiene mis soplidos del océano.

Y como un final de película francesa,
pasan las pequeñas primaveras de mis árboles.

fueron fugaces los abrazos abuela,
fueron fugaces los abrazos.



Palabras

No sentí el peso de la historia
ni el aleteo del silencio,
ahí están las cartas que no hemos querido abrir,
y el difícil navegar por las venas rotas.

Desde un túnel perdido
llegué caminando, oralidando,
sacudiendo mi abrigo de las polillas.

No bastaron las palabras,
ni los atardeceres ciegos,
pero los abrazos,
los abrazos  si tienen infinitos.








Elqui
   
                                         para Mónica

Abrimos el silencio
y escuchamos el canto de las piedras,
esos pequeños sonidos
de los amaneceres inquietos.

Bajo los eclipses del alma
y prófugos como  los besos
me disolví en el agua de tu mirada.

Las montañas que abrazan como la noche
las gotas cordilleranas de la música
flotan en el aire,
 y solo acogen.

Lo que nunca nos dijimos
aquí es pura existencia.


Dolor

¿Cuántos fantasmas cruzaron mis fronteras?
En los territorios del cariño
dejé cartas viejas a los amigos

La profundidad de las lágrimas
Tienen el transito de tierras inexploradas
Hoy son más  callados los pasos

Con cada gota de ternura
se fueron tejiendo mis olvidos
ya no me sirve una brújula
para estas tormentas.
Todas las puertas de tu secuestro


Como un perro que ladra
al  fondo de un abismo
VH


1


                          Un día le contaron que su  mujer comenzaba una nueva vida de pareja junto a otro militante, un compañero de base que nunca buscaron los agentes de seguridad. Esa noticia lo encarceló dos veces, ahora los hematomas venían de adentro y quemaban. Yo su hermano menor y temeroso era el encargado de confirmar los rumores y llevarlos a la cárcel.

      Siete meses después  sus días en la casa de nuestra madre  eran llenos de preguntas, esas que  afloraban sin quererlo. Caminaba a fumarse su Liberty al patio de baldosas rojas, parecía que conversaba con su cabeza o que el dolor estaba alargando sus raíces.  Todavía no habían terminado sus monólogos pesimistas, ni su  arresto domiciliario. Yo sólo miraba de lejos como temiendo que algo triste iba a pasar.  


           Con el ruido de la ducha de nuestro padre, Jorge abría la ventana para asegurarse que ya no estaba en la cárcel. Afuera la luz de septiembre tenía el pelo arremolinado.  Al  mirar el patio, ahí estaba  nuestra madre lavando en una batea de madera. Fijaba su vista en sus manos gordas y blancas. Con el ruido de la ventana la yola, como le decíamos,  levantaba su mirada que comenzaba a envejecer aunque siempre con algo de sonrisa. Despertó mi niño, hay agüita en el termo para que tome té. Le decía.
 
            Jorge  se quedaba mirando unos minutos como su madre refregaba la ropa con fuerza. El delantal estaba salpicado de pequeñas montañas de espuma. Eran los únicos momentos en que la yola susurraba palabras sin que le reprocharan algo, en voz baja, dialogaba con un mundo amable y sincero, tratando de enjuagar las críticas que cargaban en su contra. Ella no tenía la culpa de vender la casa de Santiago, y el rancho del Molle. De tener que  pagar a abogados temerosos y coludidos con la justicia milica, esperando  la promesa trunca de liberar pronto a sus hijos.
 -Yo no tengo la culpa-  repetía a si misma, aunque su encorbatado  marido le reprochara siempre lo contrario.
-todo lo he hecho por mis hijos- repetía  en voz baja mientras refregaba con rabia un lee pata elefante. Muchas veces entre la estrujada y la soga escuchaba la voz del  marido comprensivo que nunca  existiría. Yo su hijo pobre le compraba todas las mañanas el pan en el mercado sur.

                          Para Jorge el alcohol fue la aspirina de su historia premenstrual, la cerveza Pilsen envuelta en papel de diario, la botella de pisco y la coca cola de litro fueron los analgésicos para destruir esa mierda de memoria. Un té con leche para el calor hermanito. Me decía. Póngale no más. Le respondía con la garganta seca como corcho. Después del último trago mascaba los hielos como si fueran esos cuadrados de azúcar que le robábamos a la abuela y siempre miraba los pocos libros  que yo tenía o que me quedaban. Ya no escribes hermanito. No, ya casi nunca lo hago, le respondí.
                     

  Yo Oscar Maldonado vivía en una cabaña que  construyó mi padre al final del patio. Detrás de los sagrados guindos que eran los únicos árboles que plantó para hacer el licor que lo acompañaba en las húmedas noches serenenses. El que viviera en la cabaña tenía que regar los guindos, el que se olvida se va  y arrienda. Él mismo con la ayuda obligatoria de sus tres hijos paró los primeros palos y el radiel. Con una huincha de metal y un cuaderno iba anotando las medidas de las habitaciones. Los maestros. Decía con su voz ronca. No van al colegio y no saben sacar cálculos, por eso no saben ni lo que ganan. El primero en ocupar  la cabaña  fue nuestro  hermano mayor que  se puso a trabajar  a los 18 años en la tienda del señor  Hansing de calle Cordobés. El trabajo se lo consiguió mi padre. Cuando se casó se fue a vivir a una pieza en calle Cienfuegos.
              

                 Un día jorge recibió la carta donde le daban la posibilidad de exilio. Fue como un bálsamo a una historia que no terminaba nunca de quemar,  la arrugó, la volvió a abrir y entre el orgullo y el dolor siempre vence las ganas de irse que es la suma de ambos metidos en una juguera.

Te llegó una carta le pregunté. “Mm” fue su afirmativa respuesta. Durante esa semana jorge calló y  no me  fue a ver. Sólo sabía que mi padre había entrado a su pieza y que  conversaron largo rato. Ese día no vi a mi madre, pero escuché el sonido cuando cerraba las persianas de madera, todavía era de día y el sol calentaba .Algo se discutía.

Hola flaquito, permiso ¿puedo pasar? Por supuesto gueon, me tienes abandonado, hace dos días que no vienes a ver a tu hermano pobre. Saqué una cerveza helada del refrigerador. Si es que he andado dándole vueltas a un asunto. Calló. Y se puede saber. Le dije. Sospechaba que se iría, como varios amigos de él.  Tengo la posibilidad de salir del país y miró el piso como para que no viera que pasaba por sus ojos. Aquí no puedo hacer nada. Añadió. Después de un silencio y con poca seguridad (nunca he dicho algo totalmente seguro)  le dije: No es mala la idea hermano aquí estas puro gueviando y capaz que un día te maten estos hueones. Hermano, no es una mala idea. Alcance a repetir.

Me voy a llevar al luisito sin que la Rosana sepa y quiero que me ayudes. Hermano prométeme que no le vas a contar a nadie esta gueá. No respondí o mejor dicho, no encontré nada que decir. solo nació el miedo. Varias veces quise decirle que no me involucrara en sus asuntos, que mezclaba todo y a todos, pero cuando el hablaba a mi no me salía ninguna palabra.


2


Jorge se va con luisito y punto, es lo mejor. La gruesa voz de mi padre retumbó por toda la casa. Nadie tuvo derecho a oponerse. Mis hermanos callaron y mis hermanas lloraron en silencio. Sentí que nunca había pertenecido a esa familia, que éramos todos diferentes y que yo no quería estar allí

Ya estaba todo plan casi listo, los pasajes, el itinerario, la autorización de los militares, los pasaportes marcados con prohibición de volver y el recibimiento de un compañero en Bruselas, si luisito preguntaba había que decirle que irían en busca de la mama que se encontraba lejos. No más preguntas. Dijo mi padre. La ley está de nuestro lado. Añadió. Fue  su desahogo o la eliminación de su interna dictadura.

              Faltaba esperar que la mama de Luís dejara su hijo con jorge a pasar las vacaciones de septiembre. Todos mis hermanos y cuñados  éramos obligadamente cómplices,  a  mi madre la vi un día llorar, fue largo y silencioso. Le pregunte cómo estaba. No sé hijo, me respondió.

                 Días antes del viaje mi papá comenzó a callar, era su despedía, solo se escuchaba hablar con mi mamá quien cada día se ponía más nerviosa y le tiritaban las manos. Mis hermanos comenzaron a visitar menos la casa. Mucho trabajo y estamos medios decaídos eran los pretextos, el dolor en las gargantas era una enfermedad que se apoderaba de todos. Mi mamá siguió dialogando con los que no estaban y horneando queques que hacía llegar a mis hermanos. Yo era el mensajero. Mis papas están bien, Jorge está  tranquilo, ya está todo listo para el viaje. Eran las típicas frases que les repetía de memoria a mis hermanos. Ellos siempre me decían (no con mucho convencimiento), es la mejor decisión. Siempre me iba pensando.

                   La operación se llevó a cabo en solo una semana y digo operación porque eso parece que fue. Rosana apareció una mañana de septiembre, luisito traía la mochila roja y un volantín recién comprado. Ella partió pensando que en una semana su pequeño hijo volvería. El niño  fue recibido por su abuelo y casi no hubo palabras. Esa noche, que parece fue muy silenciosa. Jorge debía contarle a su hijo que irían juntos a un lugar muy lejos a buscar a su madre.

                Al otro día Jorge y su hijo viajaron de la Serena a Valparaíso en el bus Lasval de las 23:45. A las 7:30 de la mañana un primo que estudiaba agronomía en el puerto  los recogió en el Terminal de avenida Pedro Montt. En el mismo lugar tomaron varias tazas de te y comieron pailas con  huevos. Algún día me gustaría vivir por acá. Dijo Jorge. Ya cerca de las 10 de la mañana se embarcaron en un taxi al aeropuerto de Santiago.
               
              Jorge fue interrogado por policía internacional durante tres horas, luego tras una ventana le hizo una seña a su primo  que estaba todo bien y se despidió. Luís y su padre tomados de la mano se fueron alejando.

                   Ese mismo día un aire extraño casi angustiante recorrió el cuerpo de  la mamá de luisito. Llamó varias veces preguntando si su pequeño se encontraba bien a lo que mi padre respondía en forma mecánica –si, están bien, andan juntos como debería ser.-
                
             La  mañana del 16 de septiembre, jorge llamó por teléfono a una casa vecina. Mi abuelo puso la cara seria y solo escuchó. Estamos bien me han dado de todo Luís esta aquí conmigo, gracias papá. Ese día mi papá apareció por mi cabaña y como siempre nuestro acercamiento se daba hablando puras guevadas. ¿Oscar hay regado los guindos? Si papá ¿qué haz sabido de Jorge? Ya están instalados. Como siempre, fui a darles el recado a mis hermanos. La Negra la mayor siempre me pasaba unas lucas para mis vicios. Cuando me iba de su casa me dijo: estoy mal siento que abrí las puertas para un secuestro. No digai nada, es mejor. Le dije y me fui rápido. Sentí miedo.

 El martes 19 de septiembre, Rosana mandó a su hermano a buscar a su hijo de inmediato.- ¿te da vergüenza?-. Pregunto el hermano. Tengo un poco de angustia, pero no se por qué.

           Esa tarde mi papá había hecho limpiar toda la casa. Además había dejado instrucciones que ningún hijo lo visitara. Se vistió con su mejor terno y se sentó en el mismo sillón de siempre a esperar a su visita. A mi madre le dijo que tenía dos opciones, quedarse en la pieza o en la cocina. Mi mamá optó por la última, así podría escuchar algo de la conversación.

Sobre la conversación no tengo mucho que decir, creo que fue breve y respetuosa (no se me ocurre otras palabras). De Rosana solo supe que dibujó unas tristes ojeras y escondió sus lágrimas en las calles de Santiago. Después de un tiempo alguien me dijo que parece que había viajado a Europa

Durante dos años solo recibimos tres postales  y una foto de jorge. Siempre decían que estaban bien y que luisito iba al colegio. Al tercer año supimos que algo pasaba, no llegaron cartas, un pariente de Rosana nos dijo que luisito estaba muy enfermo y varios de la familia de ellos habían viajado a Europa, específicamente a Austria donde tratarían al niño. En esos días nos llegó la noticia de su muerte. Mi padre fue a la cervecería donde trabajaba  y presentó su renuncia. Ya es hora de jubilar. Dijo.  En la empresa le regalaron un barril plateado con su nombre. Ese día mi papá comenzó a envejecer, pidió al resto de la familia  no reunirse por un tiempo, hizo que le enviaran el televisor a su pieza y solo bajaría a comer, la rutina duró varios años hasta que el alzhaimer lo fue devorando poco a poco.
       


















No escribo para que el árbol no crezca torcido como dijo el jefe de la tribu. Escribo para comer los frutos dulces y amargos que me da la vida, los que se cayeron al suelo y son deborados rápidamente por las hormigas antes que lleguen las lluvias. Escribo para sentir vivo mi corazón y mirar esta mente como vomita imágenes que me sorprenden. Y así poder mirar nuestros desechos, porque es en las alcantarillas donde tambíen todos somos uno.