Todas las puertas de tu secuestro
Como un perro que ladra
al fondo de un abismo
VH
1
Un día le contaron que su mujer comenzaba una nueva vida de pareja junto a otro militante, un compañero de base que nunca buscaron los agentes de seguridad. Esa noticia lo encarceló dos veces, ahora los hematomas venían de adentro y quemaban. Yo su hermano menor y temeroso era el encargado de confirmar los rumores y llevarlos a la cárcel.
Siete meses después sus días en la casa de nuestra madre eran llenos de preguntas, esas que afloraban sin quererlo. Caminaba a fumarse su Liberty al patio de baldosas rojas, parecía que conversaba con su cabeza o que el dolor estaba alargando sus raíces. Todavía no habían terminado sus monólogos pesimistas, ni su arresto domiciliario. Yo sólo miraba de lejos como temiendo que algo triste iba a pasar.
Con el ruido de la ducha de nuestro padre, Jorge abría la ventana para asegurarse que ya no estaba en la cárcel. Afuera la luz de septiembre tenía el pelo arremolinado. Al mirar el patio, ahí estaba nuestra madre lavando en una batea de madera. Fijaba su vista en sus manos gordas y blancas. Con el ruido de la ventana la yola, como le decíamos, levantaba su mirada que comenzaba a envejecer aunque siempre con algo de sonrisa. Despertó mi niño, hay agüita en el termo para que tome té. Le decía.
Jorge se quedaba mirando unos minutos como su madre refregaba la ropa con fuerza. El delantal estaba salpicado de pequeñas montañas de espuma. Eran los únicos momentos en que la yola susurraba palabras sin que le reprocharan algo, en voz baja, dialogaba con un mundo amable y sincero, tratando de enjuagar las críticas que cargaban en su contra. Ella no tenía la culpa de vender la casa de Santiago, y el rancho del Molle. De tener que pagar a abogados temerosos y coludidos con la justicia milica, esperando la promesa trunca de liberar pronto a sus hijos.
-Yo no tengo la culpa- repetía a si misma, aunque su encorbatado marido le reprochara siempre lo contrario.
-todo lo he hecho por mis hijos- repetía en voz baja mientras refregaba con rabia un lee pata elefante. Muchas veces entre la estrujada y la soga escuchaba la voz del marido comprensivo que nunca existiría. Yo su hijo pobre le compraba todas las mañanas el pan en el mercado sur.
Para Jorge el alcohol fue la aspirina de su historia premenstrual, la cerveza Pilsen envuelta en papel de diario, la botella de pisco y la coca cola de litro fueron los analgésicos para destruir esa mierda de memoria. Un té con leche para el calor hermanito. Me decía. Póngale no más. Le respondía con la garganta seca como corcho. Después del último trago mascaba los hielos como si fueran esos cuadrados de azúcar que le robábamos a la abuela y siempre miraba los pocos libros que yo tenía o que me quedaban. Ya no escribes hermanito. No, ya casi nunca lo hago, le respondí.
Yo Oscar Maldonado vivía en una cabaña que construyó mi padre al final del patio. Detrás de los sagrados guindos que eran los únicos árboles que plantó para hacer el licor que lo acompañaba en las húmedas noches serenenses. El que viviera en la cabaña tenía que regar los guindos, el que se olvida se va y arrienda. Él mismo con la ayuda obligatoria de sus tres hijos paró los primeros palos y el radiel. Con una huincha de metal y un cuaderno iba anotando las medidas de las habitaciones. Los maestros. Decía con su voz ronca. No van al colegio y no saben sacar cálculos, por eso no saben ni lo que ganan. El primero en ocupar la cabaña fue nuestro hermano mayor que se puso a trabajar a los 18 años en la tienda del señor Hansing de calle Cordobés. El trabajo se lo consiguió mi padre. Cuando se casó se fue a vivir a una pieza en calle Cienfuegos.
Un día jorge recibió la carta donde le daban la posibilidad de exilio. Fue como un bálsamo a una historia que no terminaba nunca de quemar, la arrugó, la volvió a abrir y entre el orgullo y el dolor siempre vence las ganas de irse que es la suma de ambos metidos en una juguera.
Te llegó una carta le pregunté. “Mm” fue su afirmativa respuesta. Durante esa semana jorge calló y no me fue a ver. Sólo sabía que mi padre había entrado a su pieza y que conversaron largo rato. Ese día no vi a mi madre, pero escuché el sonido cuando cerraba las persianas de madera, todavía era de día y el sol calentaba .Algo se discutía.
Hola flaquito, permiso ¿puedo pasar? Por supuesto gueon, me tienes abandonado, hace dos días que no vienes a ver a tu hermano pobre. Saqué una cerveza helada del refrigerador. Si es que he andado dándole vueltas a un asunto. Calló. Y se puede saber. Le dije. Sospechaba que se iría, como varios amigos de él. Tengo la posibilidad de salir del país y miró el piso como para que no viera que pasaba por sus ojos. Aquí no puedo hacer nada. Añadió. Después de un silencio y con poca seguridad (nunca he dicho algo totalmente seguro) le dije: No es mala la idea hermano aquí estas puro gueviando y capaz que un día te maten estos hueones. Hermano, no es una mala idea. Alcance a repetir.
Me voy a llevar al luisito sin que la Rosana sepa y quiero que me ayudes. Hermano prométeme que no le vas a contar a nadie esta gueá. No respondí o mejor dicho, no encontré nada que decir. solo nació el miedo. Varias veces quise decirle que no me involucrara en sus asuntos, que mezclaba todo y a todos, pero cuando el hablaba a mi no me salía ninguna palabra.
2
Jorge se va con luisito y punto, es lo mejor. La gruesa voz de mi padre retumbó por toda la casa. Nadie tuvo derecho a oponerse. Mis hermanos callaron y mis hermanas lloraron en silencio. Sentí que nunca había pertenecido a esa familia, que éramos todos diferentes y que yo no quería estar allí
Ya estaba todo plan casi listo, los pasajes, el itinerario, la autorización de los militares, los pasaportes marcados con prohibición de volver y el recibimiento de un compañero en Bruselas, si luisito preguntaba había que decirle que irían en busca de la mama que se encontraba lejos. No más preguntas. Dijo mi padre. La ley está de nuestro lado. Añadió. Fue su desahogo o la eliminación de su interna dictadura.
Faltaba esperar que la mama de Luís dejara su hijo con jorge a pasar las vacaciones de septiembre. Todos mis hermanos y cuñados éramos obligadamente cómplices, a mi madre la vi un día llorar, fue largo y silencioso. Le pregunte cómo estaba. No sé hijo, me respondió.
Días antes del viaje mi papá comenzó a callar, era su despedía, solo se escuchaba hablar con mi mamá quien cada día se ponía más nerviosa y le tiritaban las manos. Mis hermanos comenzaron a visitar menos la casa. Mucho trabajo y estamos medios decaídos eran los pretextos, el dolor en las gargantas era una enfermedad que se apoderaba de todos. Mi mamá siguió dialogando con los que no estaban y horneando queques que hacía llegar a mis hermanos. Yo era el mensajero. Mis papas están bien, Jorge está tranquilo, ya está todo listo para el viaje. Eran las típicas frases que les repetía de memoria a mis hermanos. Ellos siempre me decían (no con mucho convencimiento), es la mejor decisión. Siempre me iba pensando.
La operación se llevó a cabo en solo una semana y digo operación porque eso parece que fue. Rosana apareció una mañana de septiembre, luisito traía la mochila roja y un volantín recién comprado. Ella partió pensando que en una semana su pequeño hijo volvería. El niño fue recibido por su abuelo y casi no hubo palabras. Esa noche, que parece fue muy silenciosa. Jorge debía contarle a su hijo que irían juntos a un lugar muy lejos a buscar a su madre.
Al otro día Jorge y su hijo viajaron de la Serena a Valparaíso en el bus Lasval de las 23:45. A las 7:30 de la mañana un primo que estudiaba agronomía en el puerto los recogió en el Terminal de avenida Pedro Montt. En el mismo lugar tomaron varias tazas de te y comieron pailas con huevos. Algún día me gustaría vivir por acá. Dijo Jorge. Ya cerca de las 10 de la mañana se embarcaron en un taxi al aeropuerto de Santiago.
Jorge fue interrogado por policía internacional durante tres horas, luego tras una ventana le hizo una seña a su primo que estaba todo bien y se despidió. Luís y su padre tomados de la mano se fueron alejando.
Ese mismo día un aire extraño casi angustiante recorrió el cuerpo de la mamá de luisito. Llamó varias veces preguntando si su pequeño se encontraba bien a lo que mi padre respondía en forma mecánica –si, están bien, andan juntos como debería ser.-
La mañana del 16 de septiembre, jorge llamó por teléfono a una casa vecina. Mi abuelo puso la cara seria y solo escuchó. Estamos bien me han dado de todo Luís esta aquí conmigo, gracias papá. Ese día mi papá apareció por mi cabaña y como siempre nuestro acercamiento se daba hablando puras guevadas. ¿Oscar hay regado los guindos? Si papá ¿qué haz sabido de Jorge? Ya están instalados. Como siempre, fui a darles el recado a mis hermanos. La Negra la mayor siempre me pasaba unas lucas para mis vicios. Cuando me iba de su casa me dijo: estoy mal siento que abrí las puertas para un secuestro. No digai nada, es mejor. Le dije y me fui rápido. Sentí miedo.
El martes 19 de septiembre, Rosana mandó a su hermano a buscar a su hijo de inmediato.- ¿te da vergüenza?-. Pregunto el hermano. Tengo un poco de angustia, pero no se por qué.
Esa tarde mi papá había hecho limpiar toda la casa. Además había dejado instrucciones que ningún hijo lo visitara. Se vistió con su mejor terno y se sentó en el mismo sillón de siempre a esperar a su visita. A mi madre le dijo que tenía dos opciones, quedarse en la pieza o en la cocina. Mi mamá optó por la última, así podría escuchar algo de la conversación.
Sobre la conversación no tengo mucho que decir, creo que fue breve y respetuosa (no se me ocurre otras palabras). De Rosana solo supe que dibujó unas tristes ojeras y escondió sus lágrimas en las calles de Santiago. Después de un tiempo alguien me dijo que parece que había viajado a Europa
Durante dos años solo recibimos tres postales y una foto de jorge. Siempre decían que estaban bien y que luisito iba al colegio. Al tercer año supimos que algo pasaba, no llegaron cartas, un pariente de Rosana nos dijo que luisito estaba muy enfermo y varios de la familia de ellos habían viajado a Europa, específicamente a Austria donde tratarían al niño. En esos días nos llegó la noticia de su muerte. Mi padre fue a la cervecería donde trabajaba y presentó su renuncia. Ya es hora de jubilar. Dijo. En la empresa le regalaron un barril plateado con su nombre. Ese día mi papá comenzó a envejecer, pidió al resto de la familia no reunirse por un tiempo, hizo que le enviaran el televisor a su pieza y solo bajaría a comer, la rutina duró varios años hasta que el alzhaimer lo fue devorando poco a poco.
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